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Recuerdo
que era un día lluvioso. Uno de tantos. Acababa de volver
de una fiesta que organizaba Federico, un compañero y amigo.
Serían las 6 de la mañana cuando me dejaron frente al portal
de mi casa. La humedad y el cansancio habían hecho mella en
mis huesos. Solo quería llegar a casa, quitarme los zapatos
y dejarme caer en la cama. Solo quería eso.
Saqué mis llaves. Abrí el portal y subí las escaleras que
se me hicieron eternas. No encendí las luces. La anaranjada
luz de la calle iluminaba los escalones.
Cuando llegué a los ascensores vi que los dos estaban en la
planta y pensé: "Vaya, soy una chica afortunada".
Pero al abrir la puerta de la izquierda puse en duda lo que
acababa de decirme.
Delante de mí había un hombre desnudo, gordito y lleno de
pelos que tan sólo llevaba unos calcetines grises y los zapatos.
Era mi vecino Juan. Juan era el típico niño protegido por
la madre, regordete y tímido. Pero que ya de cuarenton encontró
a una mujer, Maite, con la que se casó. Era una pareja de
gorditos que me resultaba muy tierna.
Verlo allí me resultó impactante. Desnudo, con los ojos cerrados,
de espaldas y pegado a la pared del ascensor en un intento
ridículo de camuflarse con el color marrón de las paredes.
- Hola Juan, ¿me puedes explicar qué estás haciendo?- pregunté
Abrió los ojos y me miró de reojo. Al ver que era yo y después
de un largo silencio y varios carraspeos me dijo:
- Ná, aquí.
- ¿Aquí? -inquirí yo.
- Que mal rato Bella. Me has pillado in fraganti.- Me dijo
mientras seguía pegado a la pared.
- Verás, yo solo quería coger el ascensor para subir a casa.
No pretendía encontrarme contigo -dije con una sonrisa en
la boca. Aquella situación cada vez me parecía más cómica.
- Bueno, ¿te vas a quedar así toda la noche?¿Acaso esto es
un ritual o algo parecido?¿te puedo ayudar en algo? ¡Y ojito
con lo que me pides! -exhorté ya a punto de la carcajada.
- Verás Bella. Esto tiene una explicación. Resulta que...
El relato de Juan fue interrumpido por un débil susurro. Alguien
estaba llamándolo y pidiéndole ayuda. Juan abrió mucho los
ojos y dijo:
- ¡Maite!
Salimos detrás de las voces que se iban haciendo más fuertes
a medida que nos acercábamos al cuartillo donde guardábamos
los cubos de la basura. Y al abrir la puerta nos encontramos
con la segunda sorpresa de la noche.
Era Maite. En realidad lo que vimos fue medio cuerpo desnudo
de Maite que sobresalía de un cubo de la basura. Había caído
de cabeza. Al contemplar aquella imagen me fue imposible aguantar
la risa por más tiempo. Una risa que iba en aumento pues escuchaba
los gritos histéricos que profería Maite al oír las carcajadas
de alguien que no era Juan y al ver cómo movía compulsivamente
aquellas gorditas piernas.
Después de muchas palabras Juan consiguió que se calmase.
Volcamos el cubo y tras varios tirones conseguimos desatascarla.
No hubo palabras. Solo una mirada. Recogieron su ropa y se
fueron a casa.
Varios días después me contaron con gran rubor que lo que
estaban haciendo es llevar a cabo una de sus fantasías y que
al escuchar que alguien entraba por la puerta salieron corriendo
y se escondieron.
Moralejas (para no perder la costumbre):
-
Nunca se
sabe lo que uno se puede encontrar al volver a casa.
-
Si tenéis
fantasías y decidís llevarlas a cabo tened en cuenta que
corréis el riesgo de que os pillen. Tened una excusa preparada
o un plan de fuga.
-
El ascensor
no es un buen escondite. Y si te ocultas en el cuarto
de las basuras ¡Cuidado!
-
Si te pillan
in fraganti y no sabes donde esconderte, cerrar los ojos
no soluciona nada.
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