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Tengo
una vecina, Antonia, encantadora y buena gente donde la haya.
Antonia estaba casada con Miguel un hombre de campo simpático
y alegre que vino a vivir a Málaga (donde resido ahora) cuando
consiguió un trabajo en una empresa en el polígono Santa Bárbara.
Un día, a Miguel le pasó lo que le pasa a todo el mundo alguna
vez en la vida, se murió.
Estuve con Antonia en el velatorio apoyándola y consolándola
por la pérdida de su marido. El velatorio comenzó con caras
de tristeza y dolor pero a medida que pasaban las horas y
llegaban familiares la cosa cambió.
Primero llegaron los hermanos de Miguel que empezaron a hacer
bromas sobre la ropa que llevaba el difunto y a recordar historias
vividas.
Más tarde llegó una tía de Miguel o "El Migue" que
es como se le conocía. No dudo que esta mujer sufriera dolor
por la pérdida, pero de lo que estoy segura es que tenía un
curioso modo de expresarlo. Cada cierto tiempo, mejor dicho,
después de que hubiese cotilleado todo lo que tenía que cotillear
(curiosear, investigar, preguntar, inquirir), comenzaba a
gritar y a darse golpes en el pecho tras lo cual la mujer
avisaba de que se iba a desmayar mientras ponía los ojos en
blanco.
Los familiares y conocidos no se acercaban para cogerla, imagino
que para evitar ser aplastados en el caso de que efectivamente
se desmayara (pesaba 185 kg), y se limitaban a acercarle una
silla. En cuanto se sentó pidió que le llevasen el bolso del
que sacó una enorme barra de chocolate que devoró en un segundo.
Como supe poco después, aquello que vi era uno de los conocidos
ataques de tía Angustias que solo podía ser aplacado con la
ingesta de dulces. ¡Qué de disgustos se había llevado esta
mujer en la vida! ¡185 kg!
Más tarde llegó Milagros, una sobrina de Miguel que está "más
allá que pa´ca" y que después de hablar con el cadáver
durante 10 minutos se fue para mas tarde aparecer con una
corona de flores colgada al cuello.
Llegaron más familiares y conocidos hasta que fue la hora
de la incineración. Antes de la cual asistimos a una misa
que en mi opinión parecía un Mc Donalds, salvando las distancias.
Es la primera vez que asisto a un entierro en el que los asistentes
cambian sus sentimientos de dolor por la indignación y la
mala leche por culpa del cura. ¡Ah eso si!, de allí no se
escapa ni Dios sin pagar la misa.
Pasados unos días Antonia me llamó por teléfono porque quería
que le acompañase a cumplir la última voluntad de "El
Migue". -¡Llévate el bañador!-me dijo-Vamos a ir a la
playa.
Ya en la playa veo aparecer a Antonia y a Mari, su hija, vestidas
con ropa de playa, una bolsa con toallas y una urnita marrón.
Antonia me contó que Miguel había dejado escrito en el testamento
que quería ser incinerado y que sus cenizas se arrojasen al
mar. También me contó que en una funeraria había encontrado
una ceremonia en la que un barco se alejaba de la costa y
allí con música y unos discursos se tiraban al mar las cenizas.
Pero claro, le pedían los dos ojos y un riñón, y como ella
me dijo, "no somos los Onasis".
Nos metimos las 3 en el mar hasta que nos llegaba el agua
por las rodillas.
Antonia dijo: "¡Anda Migue, hijo!, aquí nos tienes cumpliendo
tu última voluntad. Y lo que no entiendo es por qué te ha
dado por tiras las cenizas al mar si a ti no te gustaba ni
ir a la playa. Pero bueno, si te ha dao por ahí...."
Antonia se adentró algo más en el mar mientras Mari y yo observábamos.
Entonces abrió la urna y lanzó las cenizas, pero el viento
de levante le devolvió el gesto y las cenizas y nos pusimos
perdidas. Teníamos cenizas en los ojos, en los oídos, en la
boca, dentro del bañador...
-¡Uy Mari! ¡Cómo nos hemos puesto! ¡Hay que ver Migue que
das por saco hasta el último momento!-dijo Antonia mientras
se enjuagaba la cara.
Y así fue como despedimos al marido de una de mis mejores
amigas, Antonia.
MORALEJAS
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